Yo confieso que una vez fui a que me echaran las cartas. Sí, me dejé convencer por una amiga que tenía muchas ganas de ir y tenía vergüenza de ir sola. Más tonta fui yo, porque si la hubiera esperado en la puerta el resultado habría sido el mismo y hubiera tenido mil duros más en mi bolsillo.Y es que no lo puedo remediar. Las cartas sirven para el mus, los posos de café se van por el fregadero (dicen que son buenos para evitar atascamientos) y los horóscopos me dan la risa, aunque a veces me entero de lo que me vaticinan porque mi hija se empeña en leérmelos. Qué queréis, tiene trece años. Y cuando nuestras brujas nacionales como Aramis Fuster o la Bruja Lola salen en la tele para contarnos el futuro de algún famosillo y no adivinan ni la hora, simplemente cambio de canal y a otra cosa. Creo que son unas caraduras de "agárrate y no te menés". Y además me dan una terrible vergüenza ajena y a veces, lo reconozco, ganas de estrangularlas.
Pero no lo hago, claro está. Pero hay quien sí lo hace. Arabia Saudí ha condenado a muerte a un hombre libanés acusado de "practicar la brujería". Este hombre se dedica en su país, con bastante éxito en todo Oriente Próximo, a lo mismo que nuestras afamadas pitonisas hacen aquí: contar por televisión lo que deparará el futuro. Aunque el suyo no lo debió de ver, desde luego. Y El Líbano no es Arabia donde ni siquiera existe un código penal y la justicia se basa en la ley islámica. Y cuando un día Ali Sibat decidió hacer lo que se supone que tiene que hacer todo buen musulmán, osea peregrinar a las ciudades santas de La Meca y Medina, no imaginó las terribles consecuencias que tendría para él esa decisión. Porque allí fue detenido, acusado y condenado a la pena capital por practicar la hechicería en territorio saudí.
Parece que leo un libro sobre la caza de brujas durante la Edad Media europea. Pero no es ficción; es real, es ahora y es trágicamente absurdo.







