No duermo bien. El caso es que no empiezo mal, entro en la cama y no me duermo, sino que caigo en coma profundo. Sin embargo, en la madrugada me despierto y no puedo volver a dormir. Hay días en que me quedo en la cama intentando que (por favor, por favor) el sueño regrese. Ni de coña. Otros ya me desespero y me levanto a ver la tele. Si ya por el día me parece un tostón, por la noche es mil veces peor. Me paso un par de horitas viendo como se ha convertido en un supermercado: máquinas infernales dominadas por hombres y féminas de formas esculturales que te prometen parecerte a ellos en un par de días. Bastante tengo yo ya con no hacer demasiado el ridículo en mis clases del gimnasio, que cuando acabo y me han dado mucha tralla a veces parezco Darth Vader con efisema. Y a esa hora, tirada en el sofá y los ojos como rendijas, no me motivan ni un poquito. Estupendos robots de cocina que hacen absolutamente todo menos lo que a mi más me importa, osea ni friegan ni recojen la cocina. O aparatos que prometen a los hombres miembros más largos y gruesos (y no me refiero ni a los brazos ni las piernas) que sólo de imaginarlo puesto se me encogen las tripas y me deja la libido a la altura del metro... Y eso de un canal a otro. Vamos, que ni guarrerías ponen a esas horas. Una pena.
En fin, que me disperso. Creo que todavía me queda alguna botellita de champán sobrante de las navidades, así que mismamente esta noche, o el viernes, o el sábado (que ya puestos a irme de fecha mejor un fin de semana ¿no?), nos la beberemos.
Y brindaremos, por supuesto, por lo más importante de este pequeño espacio. Tú.
