Hace ya casi seis meses que se fue y no ha pasado ni un solo día en el que no haya pensando en él. Todavía sigo sorprendiéndome a mí misma en numerosas ocasiones pensando en que tengo que preguntar o contarle algo, sigo entrando en esa habitación de su casa cada mañana esperando inconscientemente encontrarle sentado en su mesa. Ahora soy yo la que se sienta en esa mesa, a veces sin más compañía que los recuerdos que me asaltan: unas risas en un coche cuando, como casi siempre que íbamos solos nos perdíamos para volver a casa, esos ratos que robábamos a la mañana para tomarnos un café, frases que se han quedado en la familia para siempre... Y aunque es verdad que le veo reflejado en la cara de mis hermanos, en los gestos de mis hijos, o en mi propia forma de ser y entender la vida, me falta muchísimo su presencia.E intento consolar como puedo a la que sufre en silencio su ausencia más que nadie, la que hombro con hombro lloró, sufrió, amó, rió y vivió con él toda la ilusión de más de medio siglo de vida compartida.
Era testarudo y cariñoso, alegre y divertido. Fue mi aliento y alegría, mentor, compañero, amigo, maestro y en muchas ocasiones confidente. Pero sobre todo y por encima de todo fue mi padre.
Allí donde quiera que estés, gracias.

